Despertar vale la pena porque dejas de reaccionar mecánicamente ante los eventos que te suceden en la vida.

Una persona despierta jamás reacciona mecánicamente ante los acontecimientos externos que le van sucediendo. Su actuar está gobernado siempre por su propio ser interior, y no por aquello que aparece en el mundo que lo rodea. Cuando algo le sucede en el exterior, sin importar lo que sea, la persona despierta deja naturalmente un espacio entre el acontecimiento y su respuesta ante este. Esto logra que no aparezca el ego para tomar el control de las acciones. Más bien, la persona despierta pasa por alto aquello que en la persona dormida dispararía una reacción automática del ego, reacción que a su vez generaría acontecimientos indeseables.

Esto permite que la persona despierta tome el control de las circunstancias y genere siempre en el exterior solamente aquello que proviene de su ser interior. Y siendo los atributos naturales del ser la paz, la armonía, la dicha, la libertad, el amor, la gracia, etc., naturalmente responderá ante los eventos diarios con acciones consistentes con estos atributos, potenciando las situaciones que son similares a la naturaleza de su propio ser, y transformando en la medida de lo posible aquellas otras que, siendo hostiles o desagradables en cualquier forma, ya sea porque están cargadas de enojo, resentimientos, de pesimismo, etc., no valen la pena de ser vividas ni por él mismo ni por los demás.

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